4 de abril de 2025
Selección de Alemania del Mundial de 1990

Crisis de identidad

Selección de Alemania del Mundial de 1990
La selección alemana campeona del Mundial de Italia 90 – Foto de Reuters

No era el mejor lugar para que anduviera por allí un niño de nueve años. Un bar en el que la gente entraba y pedía medio pollo, pero no llevaba ni pimientos ni patatas. Eso no me entraba en la cabeza por aquel entonces. Seguiría yendo de mayor a ese bar y alguna vez que otra pedí ese menú para llevar. Pero no con nueve años.

Aquel bar, lleno de servilletas de papel en el suelo y palillos de madera a pesar del par de papeleras vacías que había junto a la barra, era el lugar de peregrinaje de mi padre. Entraba por la puerta y con un gesto, el camarero -un tipo calvo, pero con un rodapié bien frondoso y un horrible bigote negro- colocaba automáticamente y de un golpe un botellín de cerveza para mi padre y un Ryalcao de chocolate para mí. Sin mediar palabra.

Nos acomodábamos junto a la barra a ver el fútbol. Yo realmente no lo miraba. Por aquel entonces me interesaban más los destellos de la pantalla de la máquina recreativa que había en el bar. Hasta que un día reparé en un póster de la selección alemana del mundial de Italia 90 que había colgado. Podía pasar horas observando a aquellos tipos que tan poco se parecían a nosotros: Klinsmann, Möller, Brehme, Völler… Mi cabeza se ponía a funcionar y me imaginaba cómo debían de jugar aquellos tipos tan rubios y espigados y con aquellos nombres impronunciables.

Me obsesioné durante años con la selección alemana. Hasta tal punto que a mis padres no les quedó otro remedio que comprarme en el 94, la camiseta de Alemania del Mundial de Estados Unidos. Aquella maravilla llena de rombos con los colores de la bandera que recorrían la camiseta de hombro a hombro me hacía sentir como si fuera Matthäus. Fue mi prenda predilecta durante más de quince años. Por eso en el barrio se me conocía como ‘el alemán’.

Con los años, el camarero de aquel bar colgó el delantal y se jubiló. El negocio se lo quedaron un par de chinos, cuya primera decisión comercial fue tirar a la basura el póster de la selección alemana. Yo no estaba allí para verlo, pero un colega del barrio me mandó un mensaje al móvil para darme la noticia. Por aquel entonces tenía 35 años y seguía viviendo con mis padres. Corrí a decírselo a mi padre. Estaba sentado en la cocina tomándose un botellín y escuchando un magazine de tarde en la radio. Ni había reparado en aquel póster. Bajé corriendo y me jugué la vida cruzando un par de pasos de peatones hasta llegar al bar. Levanté la vista y donde siempre estuvieron aquellos fieros jugadores alemanes, había ahora un cuadrado con la pintura de un tono totalmente distinto al de la pared. Los alemanes defendían bien hasta la pintura.

Le pregunté al chino por el póster. Se encogió de hombros. No entendió una palabra de lo que le dije. Sentado en una banqueta, devorando una tapa de mini empanadillas congeladas, estaba Félix, uno de los habituales y se dirigió a mí: “Alemán, mira a ver en el contenedor. Lo mismo sigue ahí”. Le di una palmada de agradecimiento en la chepa y salí corriendo`

Pero no estaba. Otra cosa no, pero el servicio de basuras funcionaba como un reloj. Franz Beckenbauer y sus muchachos ya debían de estar en alguna planta de reciclaje de la zona. O peor aún, quizá esa pasta de celulosa ahora se había convertido en un asqueroso folio reciclado de color marrón. De la mejor selección del mundo al papel de menor calidad y menos respetado del sector papelero.

Volví a casa. Mi padre seguí igual, pegado al transistor con la cerveza en la mano. Saqué otro botellín para mí y me senté junto a él en la mesa de la cocina. Durante un buen rato no dijimos ni una sola palabra. En la radio continuaba el magazine y de repente una última hora: “Muere el ex jugador y seleccionador alemán Franz Beckenbauer a los 78 años de edad”. El botellín se me cayó al suelo y se reventó derramando toda la cerveza sobre la plaqueta de la cocina. ”Siempre se van los mejores”, dijo mi padre. “No somos nadie”, contesté yo. Aquel día no sólo murió ‘el Káiser’, también lo hizo ‘el alemán’. Me acerqué a la habitación y abrí el primer cajón del armario. Cogí mi camiseta de la selección alemana y la dejé en el cubo de basura. Miré a mi padre que seguía mirando al infinito, le di un beso en la cabeza y salí por la puerta. Jamás volví al barrio. Caminé durante un par de horas hasta que llegué a la estación de autobuses. Cogí un autobús con destino a Múnich y me busqué la vida por allí. Todo lo que yo era había desaparecido junto a ese póster y se había ido a la tumba con Beckenbauer. Pero ahora era otra persona. Ahora todos me conocen como ‘el español’.

Selección de Alemania del Mundial de 1990

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