3 de abril de 2025
El árbitro Michael Oliver explica a Gündogan por qué motivo había anulado el gol de Schlotterbeck.

¿Por qué los futbolistas hablan como borrachos?

Hay pocas cosas que me incomoden más que ese borracho que se mete sin permiso en mi espacio vital. Sobre todo me importuna que su boca se acerque a milímetros de mi oído. Me molesta sentir ese aliento con aroma a pacharán fluyendo por mi conducto auditivo. Me enfada no entender casi nada de lo que ese borracho me está contando. Y me fastidia dar un pasito hacia atrás cada minuto para recuperar mi espacio vital y acabar arrinconado contra la pared del bar. 

Los futbolistas son un poco borrachos. Que se me entienda, que tienen mucha costumbre de hablar así. Lo hacen habitualmente con los árbitros. Les gusta apoyar su pecho sobre el hombro del colegiado y protestarle bien cerca del oído cualquier acción. Lo hacen incluso cuando hay VAR de por medio y al trencilla (preciosa palabra) ni le van ni le vienen las protestas porque hay un colega suyo sentado en una silla en Las Rozas mirando veinte pantallas para tomar la decisión. Pero a diferencia mía, al árbitro le gusta.

El árbitro Michael Oliver explica a Gündogan por qué motivo había anulado el gol de Schlotterbeck.
Gündogan, Smeichel y Michael Oliver hablando bien cerquita – Georgi Licovski / Efe

Matizo. Le gusta que le hablen cerca, pero si es cara a cara. Eso de cuadrarse ante el jugador, ponerse tiesos como un palo y aguantar la mirada impasible mientras el futbolista se desahoga. El árbitro escucha la diatriba y cuando se cansa, tarjeta al canto y hasta luego. Por lo tanto, los árbitros también tienen actitud de borrachos.

En general, un partido de fútbol es una especie de bar lleno de borrachos, porque los entrenadores también lo parecen un poco. Eso lo sufren los suplentes. El entrenador con aires de borracho es igual que ese colega que se acerca mucho a tu oído y que apoya todo su cuerpo sobre ti, pero que encima te rodea con su brazo por encima de los hombros. Ese colega es el entrenador, el que con esa llave te bloquea y no te da opción a escapatoria.

Y voy más allá. De ese tipo de técnico tiene el primer premio Davide Ancelotti, que aparece cada cinco minutos por encima del hombre de su padre para darle instrucciones: “Papa, cambia a Camavinga”. Carletto asiente, pero se la suda. Se enchufa unos chicles y piensa: “no hago un cambio antes del minuto setenta y cinco ni aunque me obliguen a decir que el Parmigiano es mejor que el Regiano. Mal ejemplo, que a Carletto le costó poco pasar de la Reggiana al Parma.

Entonces, si los futbolistas tienen de serie esos aires de borracho. ¿Qué pasa cuándo se toman unas cuantas copas de más? ¿Cruzarán todos los límites y sus labios tocarán la oreja del de al lado? ¿Se producirá el efecto contrario y se gritarán a metros de distancia? ¿O el alcohol simplemente les agudizará el ingenio para inventar nuevas combinaciones de “¡Camarero!”?

El árbitro Michael Oliver explica a Gündogan por qué motivo había anulado el gol de Schlotterbeck.

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